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Flash superhéroe de DC Comics, corriendo desde 1940. |
Pocas claves son
tan efectivas para entender el momento actual como pensar la economía del
tiempo. El capitalismo, la sociología y la existencia se fusionaron cuando el
desarrollo llevó a dialogar con el tiempo en clave de productividad y
rentabilidad. Tenemos vendidas nuestras posibilidades de realización en una
pérdida de autonomía sin precedentes.
Más allá de los
mecanismos de deuda, ampliamente estudiados por la teoría económica -que
difieren en el tiempo el uso, consumo o adquisición de bienes, y consiguen
convertir dichas deudas en activos económicos que se pueden comprar y vender,
nutriendo la especulación y acumulando capital en base a expectativas futuras y
desgracias pasadas-, es el consumo del tiempo presente lo que caracteriza el
capitalismo tardío que tanto sufrimos.
Hay un salto
cualitativo. Una cosa es extender la base material de los bienes y servicios a
lo largo del tiempo, comprando futuro o pagando pasado, hipotecando, en clave
marxista, la fuerza de trabajo que se ejercerá en el mañana en base a un
beneficio presente (aunque esto implique “vender el alma al diablo” y
certificar la explotación por muchos años, quedado a expensas un mercado fuera
de control, en una vida vampírica muy condicionada cuando el bien hipotecado es
una necesidad básica como la vivienda) y otra cosa, incluso más grave, es
directamente darle al tiempo una dimensión material e introducirlo en el
sistema económico como si fuera un par de zapatos, para poder vender tiempo,
comprar tiempo, especular tiempo y acumular tiempo en
dinámicas de consumo y alienación.
De forma sencilla
podríamos decir que la vida no es más que el tiempo que pasamos en este
planeta. El tiempo que compartimos y el tiempo que necesitamos para
reproducirnos en cada instante respirando, comiendo, descansando y
socializando. La vida sin tiempo, literalmente, no es vida, y el tiempo sin
vida es un tiempo que no tiene valor, si acaso, sólo valor especulativo de
mercado.
La estrategia del
sistema respecto al tiempo no difiere mucho del modo de funcionamiento respecto
a los procesos extractivos de los recursos naturales. Tenemos encima una
ingeniería económica-legal establecida y normalizada que hace que el sol, el
agua o el suelo, elementos esencialmente comunes, estén en manos de unos pocos
y se devuelvan a la sociedad en forma de productos o servicios que camuflan y
disfrazan en su valor añadido los mecanismos especulativos de parasitación del
ecosistema social. Pues ahora también el tiempo, que parecía regalado y gratis
mientras el corazón latiera y el oxígeno llegara a los pulmones, también tiene
su dueño y su precio.
De hecho no hay
nadie más rico que aquel que puede hacer con su tiempo “lo que le dé la gana”.
Derrochar tiempo parece un lujo al alcance de muy pocos. El resto hemos de
estructurar las vidas con agendas -en categorías fácilmente estandarizadas para
poder proveer tiempo al sistema y poder canjear cada una de las horas en el
marco establecido- y estar siempre disponibles. Unos tienen el tiempo, y la
mayoría vivimos nuestros momentos con total entrega para que nuestro tiempo sea
cosechado por dispositivos que lo sustancian en riqueza para otros.
Hemos trascendido
el marco clásico de dividir el tiempo en dos tipos, el tiempo productivo
que era el tiempo que nos acercaba a la muerte, que erosionaba el cuerpo y que
impedía el disfrute -aceptado bajo la consigna de “ganarse la vida” cuyo daño
era precariamente compensado por un salario o por el rendimiento económico de
nuestro esfuerzo-, y el tiempo improductivo, o reproductivo, que
quedaba fuera de la economía formal, y que servía –además de para la opresión
histórica de las mujeres- para recomponerse de violencia de la explotación
laboral. Una dialéctica funcional que restauraba cada día lo necesario para
poder estar la mañana siguiente en
disposición de vender la fuerza de trabajo.
Quizá dentro de
este tiempo reproductivo, en función del nivel de privilegio (en clave
burguesa) o de la calidad del entramado sociocomunitario (en clave popular),
cupiera un tiempo liberado de mandato y emancipado de las lógicas capitalistas,
un tiempo clandestino con unas horas rebosantes de tiempo. Pero estas
horas han sido muy perseguidas y anheladas por el sistema, en su pulsión de
control y totalización, cada vez más, hasta su casi desaparición.
Hubo un día en que
nos creíamos la fantasía de que la revolución tecnológica iba a llevar lo
productivo a un lugar menos exigente de esfuerzo y tiempo y que, gracias a
ello, el tiempo reproductivo iría ganando espacio. Siguiendo con la fantasía se
pensaba también que más personas participarían en el trabajo reproductivo,
compartiendo cargas y responsabilidades, de manera que se pudiera abrazar el
tiempo “improductivo” con ilusión y energía, dándole una dimensión creativa y
transformadora. Otros mundos se pensaban posibles, pero la evidencia es que
estamos más atrapadas que nunca.
El proceso que
estamos sufriendo es totalmente el inverso: todo el tiempo es productivo, todo
el tiempo es una materia prima con la que generar riqueza. Nada queda fuera de
la lógica extractivista del sistema. Hay tanta explotación dentro como fuera
del horario laboral.
Las empresas que
más han crecido en los últimos años son aquellas que no se han limitado a
explotar los sectores productivos y han extendido sus dominios a los espacios
vitales de las personas que quedaban fuera de sus jornadas laborales. Y ahí
-más allá de proveer productos de consumo y servicios para las necesidades
básicas reproductivas en una externalización y mercantilización sin precedentes
de lo imprescindible para la vida- han hecho todo lo posible por capitalizar el
tiempo de las personas que quedaba disponible.
Las 24h del día son
el nuevo solar con el que especular, el nuevo marco de disputa que hay que
conquistar. No es casual que la media de horas de sueño de la población de los
países enriquecidos disminuya cada año (en España, para encontrar medias que
superen las 7,5 horas hay que remontarse a la década del 80, estando
actualmente en unas precarias 6,5 horas, insuficientes para garantizar la salud
presente y futura de la población).
Los dispositivos
móviles e internet permiten que las personas estemos disponibles para generar
riqueza de manera constante. En nuestros desplazamientos y en nuestras esperas
estamos consumiendo un contenido que genera beneficio directo a los ricos de
siempre. Contenidos y patrones de funcionamiento que secuestran la atención
para maximizar el tiempo que estamos conectados y así multiplicar los
beneficios. Da igual que sean crucigramas, propuestas de entretenimiento,
aplicaciones de bancarias o redes sociales, todas tienen en común el no aceptar
ningún tipo de límite, ni siquiera el biológico.
Se vende como una
mejora de vida poder hacer una compra en medio de una noche de insomnio, o que
te traigan una hamburguesa en bici a casa a la hora que sea, llueva o granice,
o tener disponible miles de películas y series adictivas que no daría tiempo a
ver ni en mil vidas.
La posibilidad
infinita de hacer infinitas cosas consigue, además de dividendos descomunales
para unos pocos, llevarnos a todas las demás a un estado ansioso por no poder
llegar a todo lo que ilusoriamente se nos presenta tan cercano, a un sólo
“click”. Una ansiedad muy funcional para el sistema que parece sólo calmarse
con más consumo y más exposición.
Nos frustramos
dialogando en clave de proximidad con elementos absolutamente alejados de la
realidad cotidiana como son los viajes por el mundo, las hazañas de los grandes
deportistas o las recetas de alta cocina, todo amplificado por las redes
sociales. Cuando miramos el móvil parece que somos los únicos pringados que
estamos “desficiosos” mientras que todas las demás disfrutan o acarician la
inmortalidad con los logros y vivencias. Ya tenemos incluso un palabro: FOMO.
Nuestros viajes,
encuentros, casas y alcobas se transforman en oficinas o en grandes almacenes,
y nos parece tan normal que nuestra existencia se resuma en ser,
alternativamente, consumidores o productores de contenidos (incluso regalando
nuestra intimidad y las de nuestros hijos e hijas) en pro de una conexión
virtual perenne que nos dé un lugar y un tiempo en el mundo virtualmente
representado y compartido.
Y esa ansiedad,
fabricada con herramientas de neurobiología excelentes -producto de años y de
millones en investigación-, es justo lo que, además promover el rentable
consumo compulsivo, le da una dimensión material al tiempo, convirtiéndolo en
un objeto de lujo y por tanto en un objeto deseable. La ansiedad y el cansancio
generalizado llevan a la percepción de que el tiempo es escaso, que hay que
disputarlo, y esa condición de escasez es lo que lo activa como valor
capitalista y lo lleva al mercado.
Volvemos a reeditar
la paradoja de tener que comprar y pagar un alto precio por algo que
previamente hemos regalado (o se nos ha usurpado).
Convivimos
constantemente con la sensación dual de “no tener tiempo para nada” y a la vez
con la sensación de estar constantemente “perdiendo el tiempo”. Procrastinamos
las decisiones y las tareas a la vez que pasamos horas muertas sin
concentración ni descanso. El tiempo ya no nos pertenece. Hemos perdido la
capacidad de encarnar el momento y la vida acontece fuera de nosotros, en un
marco imaginario de tiempos ordenados y armonizados que contrasta absolutamente
con las vivencias que acompañan nuestra cotidianidad.
Una falta de tiempo
y una sensación de estar viviendo todo el rato un tiempo residual de
“entre” horas, sin valor, que nos hace postergar constantemente todo lo
importante, y que a la vez está siendo muy rentabilizado, el tiempo residual
es el tiempo más fácil de convertir en oro por el sistema capitalista porque es
un tiempo no defendido ni reivindicado.
Con esta economía
del tiempo nos quedamos sin posibilidad de acceder a todo aquello que precisa
de calma y de atención, desde lo pequeño, como, por ejemplo, un encuentro
pausado con un amigo, hasta lo gordo, como la decisión y la acción de formar
una familia. Perdemos la posibilidad de encarnar nuestros deseos y, por tanto,
de cubrir nuestras necesidades.
Quedamos a expensas
de lo que el sistema nos depara, de comprar sus promesas de futuro, recorriendo
nuestros itinerarios vitales con cada vez más insatisfacción, siempre
disponibles y a la vez sin tiempo para nada, trasladando la vida al mapa social
de expectativas y representaciones mientras nos quedamos sin tiempo propio para
explorar el territorio auténtico de nuestra existencia, consolidando así cada
día el malestar y la frustración.
Para lidiar con
esta angustia recurrimos al mecanismo aprendido de ir al mercado a adquirir lo
que nos falta.
Es muy
significativo cómo han aumentado los platos de comida pre-cocinada en los
lineales de los supermercados, como si al comer sin cocinar sushi o lasaña
estuviéramos recuperando parte del tiempo que nos ha sido robado, comprando
tiempo de otras para ganar el derecho de poder perder el nuestro. En ambos
casos siempre pagando dinero, colaborando así con la construcción del tiempo
como bien de consumo. O en otra orden de magnitud, lo significativo de cómo han
proliferado las clínicas y negocios de reproducción asistida y reproducción
subrogada, que dan respuesta a maternidades y paternidades tardías, poniendo la
ciencia al servicio del tiempo robado y demostrando que el ser disciplinado, y
haber priorizado en todo momento los tiempos y ritmos del sistema, va sin
premio y te hacen te pagar un plus cuando se quiere dar un espacio a lo
reproductivo teniendo un bebé.
Y por contraste,
para evitar una toma de conciencia que haga reducir la marcha del
turbo-capitalismo, la propaganda constante de lo rápido, de la aceleración,
como si ir más rápido fuera un mecanismo mágico para recuperar o ganar tiempo,
como Flash, el superhéroe de la portada post, obviando la evidencia de
que es justo vivir acelerados lo que hace que la vida se nos escape.
En este sentido ha
sido muy representativo el debate ocasionado por la conmoción colectiva de la
terrible tragedia del choque de los trenes en Adamuz. Que si seguridad,
mantenimiento de las vías,
responsabilidades políticas, corrupción, precariedad laboral en las
subcontratas, funcionamiento de los equipos de emergencia, etc. Pero poco, o
nada, se ha cuestionado el modelo que diariamente mete a miles de personas–en
España 135.000 viajeros diarios, más de 40 millones al año en 2025- a 300 km
para desplazarse con prisa y sin alternativa, en viajes de poco más de 2 horas que
permiten llegar antes a la espera de lo siguiente.
Se vende y se
compra velocidad cuando todos necesitamos sosiego y calma. Por seguir con el
ejemplo del tren, aún recuerdo aquellos viajes en los que daba tiempo a
leer un rato, a dormir, a conversar e incluso a mirar el paisaje. Los hemos
cambiado por otros en los que, por acercar distancias, perdemos conciencia de
los desplazamientos y vemos como logro y desarrollo poder pasar un día en una
playa que está a 400 kilómetros de nuestra casa. Pese a los muertos que
enterramos damos por hecho que no hay alternativa.
Si ya es duro que
el tiempo esté mercantilizado, aún es peor cuando comprobamos que lo que nos
venden no es tiempo sino prisa. Alta velocidad, asistencia sanitaria
rápida y online, psicología por chat, fast-food, congelación de
óvulos o embriones, periódicos de sólo titulares, pastillas de melatonina…
cuánto más inmediato el resultado más caro el producto. Lo rápido acapara todo
hasta hacer que lo lento no quepa. Los lugares sin tiempo quedan exiliados a
los márgenes como espacios de privilegio o de exclusión social.
La parte dramática
de todo esto no es sólo el empobrecimiento y la desigualdad inherente a que
cualquier proceso de mercantilización capitalista, el problema es que se nos
olvida que los procesos vitales tienen su tiempo propio, y que si no les damos
ese tiempo los abortamos y aniquilamos. La prisa mata la vida.
Igual que unas
alubias no se cuecen en 10 minutos, un embarazo no llega a término hasta unas
40 semanas (por mucho que se programa el parto o la cesárea), una semilla de
roble no se convierte en un árbol hermoso hasta pasados los 30 años, o una
relación de confianza no se construye en 4 citas. Las heridas también necesitan
su tiempo para cicatrizar.
Lo vital, lo
importante, parte del supuesto de que el tiempo es gratis. Hay condiciones que
favorecen o dificultan ciertos procesos, pero está comprobado que cuando hay
abundancia de tiempo, cuerpo y presencia, lo importante acontece. El problema
es que con tanta enajenación hemos perdido incluso la capacidad de espera, el
saber estar sin hacer ni comprar nada.
No puede haber
presencia con prisa y con los cuerpos a la fuga. Nuestro modelo de
desarrollo ha hecho posible comer sin tiempo, viajar sin tiempo y reproducirse
fuera tiempo, pero ¿criar?, ¿amar?, ¿jugar?, ¿crear?, ¿soñar?, ¿aprender?,
¿conversar?, ¿llorar?... Aún es mucho lo que queda fuera y nos lo estamos
perdiendo.
Las infancias viven
en el tiempo, si no lo tenemos les abandonamos. Las adolescencias viven del
tiempo compartido con los amigos y amigas, y necesitan tiempo para encontrarse,
conocerse y decidirse, si no lo tienen no crecen. Las personas mayores
necesitan tiempo para la espera, para la recapitulación, para la memoria, si no
lo disponen su herencia se evapora en la soledad y se desperdicia. Nada de esto
sucede con prisa. La prisa es la “nada” de La historia interminable
que engendra a los “hombres grises” que aniquilan la vida.
La prisa mata
a la vez que la distopía avanza. El territorio de la reproducción de la vida,
de los cuidados, de la sociabilidad básica, además de estar erosionado,
desértico y despoblado, se está extinguiendo, tiene los días contados.
La revolución se
complica cuando no sólo tenemos que recuperar y habitar el ecosistema humano,
sino que además hemos de hacerlo sin tiempo, perdiendo referencias y rompiendo
el hilo conductor de la historia. Sostener la vida, la ética, la justicia y los
traumas necesita de una calma y un sosiego cada vez más vetado.
La prisa mata
lento para tener el máximo tiempo posible en el que rentabilizar la agonía, y
recuperar la pausa es lo único que nos puede ayudar a tomar conciencia de la
derrota y escapar de la ferocidad a la que nos aboca.
No hay futuro
vivible que no pase por recolectar las horas muertas para ponerlas al
servicio del encuentro. Un futuro que se construya en la reivindicación
política del aburrimiento para poder recuperar el tiempo perdido donde
encontrar una huella nos lleve a reconocernos.
Ojalá un tiempo
garantizado y liberado para crear esa alternativa.
Ojalá saber cómo
recuperar el tiempo clandestino donde poder estar disponibles para la
relación.
Y ojalá Momo y Atreyu estén en nuestro bando para tener
alguna posibilidad de éxito.

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