La crisis de los 13 y el entusiasmo

    El otro día me sorprendía un artículo bastante viral que analizaba la pérdida de entusiasmo que se percibe en la escuela hacia el comienzo de la secundaria. (“ La crisis de los 13 años: los alumnos pierden masivamente el entusiasmo por la escuela en la ESO ” EL PAÍS. 13.06.2021) El texto da algunas claves intrínsecas al sistema educativo, como que la crisis tiene una causa en las deficiencias en lectoescritura de los niños y niñas en 3 y 4 de primaria, herramienta que carecen y que luego precisan para el disfrute y avance académico, o que los desatinos de la escolarización se van acumulando, y ya a los 13 años son losa, o la desconexión de la realidad educativa con la vida real del alumnado, de sus intereses y de sus situaciones socioeconómicas. La lectura del artículo me llevó a la conclusión de que toda ocasión es buena para repensar el sistema educativo, pero que ¡cuánto difícil es trascenderlo! Lo que más llama la atención es el uso reiterativo de la palabra entusiasmo.

Filomenos(*), la Cañada Real y el Estado fallido.

 


 

 *Filomeno (amante de canto)

 

Hablar de política y del tiempo es deporte nacional. Hablar del drama humano ya no tanto.

Toca sufrir la inclemencia de los fenómenos meteorológicos sumada a la inclemencia de los gobernantes, filomena y los filomenos.

Los filomenos: Esos hombres amantes del canto y de lo cantoso de las palas de hierro que, a fuerza de escenografías tuiteras, piensan deshacer la nieve como si la red social hiciera la magia de convertir cada like en un kilo de sal.

Parece fácil criticar a la clase política en tiempos de crisis y quizá alguien piense que es injusto. Que poco tiene que ver lo que cae del cielo con la política del día a día, la política urbana de taxis, oficinas, comunicados de prensa y decretos.

Pero aun a riesgo de parecer oportunista, extiendo la crítica sin pudor. Porque más allá de la foto, la crisis es permanente para muchas personas en general y para muchas situaciones en particular, y en demasiadas ocasiones, mirar al cielo y poner la atención en lo meteorológico solo hace que distraer de las causas del malestar.

La borrasca del sufrimiento y de la angustia abarca todo el territorio, con tantas nubes como las que se quieran mirar.

Barrios, familias, crianzas y cuidados a la intemperie, que si bien adquieren más dramatismo con las condiciones extremas, no por ello la foto del árbol nevado impide ver el bosque gélido de desamparo que acecha más allá de la tormenta.

Y el satélite que pasa por los espacios reservados para la marginación y la privación de derechos, el Meteosat humano, no puede pasar por alto lo que acontece en La Cañada Real. Escandaliza incluso a vista de pájaro.

Podríamos hablar de nuevo del frío y de la nieve, porque la Cañada, aunque no se quiera asumir, también es Madrid. La atmósfera no discrimina y todas sabemos que en estos días ha caído una buena, pero el problema tiene más que ver con la desatención, la especulación y las políticas criminales del capitalismo neoliberal, que con las bajas presiones de la atmósfera.

En la Cañada Real viven unas 4000 personas, entre 1500 y 2000 niños y niñas, decenas de bebés recién nacidas. Y llevan más de 100 días sin luz.

Sin luz para calentarse, sin para luz para conservar alimentos, sin luz para estudiar y jugar, sin luz para vivir.

La Cañada Real Galiana, para las que no conozcan Madrid, está cerca del IKEA (que sí tiene luz además de muebles) y junto la M-50, en un emplazamiento bien goloso para el capital y para los tejemanejes especulativos. Está solo a catorce kilómetros de Sol, catorce, igual que la distancia de África a Europa que describe otra travesía de vergüenza humana y olvido.

(14 kilómetros también se llama el blog de Javi Baeza, compañero de Entrevías que me mostró el barrio hace más de una década y que ya por entonces sufría del peor abandono y criminalización. Junto con muchas más personas y asociaciones no ha cesado de implementar propuestas de acogida y solidaridad desde entonces. Y siguen.)

“Catorce kilómetros: una distancia muy larga para quienes se ven obligados a recorrerla cada día.” Cuenta Javi en la cabecera del blog. https://catorcekilometros.blogspot.com/

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Se puede leer un buen relato de la historia de la Cañada Real en el artículo de J.A. Aunión del PAÍS, fechado en 2017, cuando se firmó el último papel mojado.

Una buena crónica de la cara b de la historia del progreso de España, esa que recoge lo que se quiere esconder bajo la alfombra para no estropear el escaparate de modernidad, que desde 1982 nos venden como si fuera el pan de cada día de todas las personas de nuestro país.

Un barrio que acogió en los 90 los realojos de familias de San Blas que vivían en terrenos que los filomenos de turno (Álvarez del Manzano a la cabeza) los querían para un uso mejor que el de la subsistencia humilde. Un barrio que también importó la degradación fabricada de los poblados de la Celsa y las Barranquillas, porque la nieve, el caballo y la base molestaban tan cerca de Madrid.

Pero al igual que pasa la mayoría de las ciudades de concentración capitalista, los extrarradios pronto dejan de serlo, y la nada avanza rápido en forma de centros comerciales y urbanizaciones de lujo, y lo que antes pudo ser un vertedero humano empieza a ser valioso para el progreso consumista y la especulación. Y ya sabemos que para especular con el suelo la vida de la gente ha de computar como coste cero.

Un alza en la cotización que en vez de dar mejoras y recursos a los habitantes del poblado, se torna en amenaza con forma de derribos y desahucios (Gallardón se esmeró con ello). Y el debate sobre la dignidad y la legitimidad se traslada intencionadamente a las cuestiones de legalidad y seguridad: Que si propietarios legales o no, que si actividades legales o no, que si subsistencias legales o no…

Estamos en el siglo XXI, muchos años ya repitiendo el cuento de que somos un país desarrollado, democrático y de derecho, como para dudar públicamente de que la ley sirve al derecho y el derecho a la justicia y la justicia a la gente. Pero el caso que nos ocupa, al igual que muchos otros, demuestra todo lo contrario, que los derechos humanos se pueden obviar, incluso que se puede pisotear la Convención de Derechos de la Infancia de Naciones Unidas (1990) de obligado cumplimiento, dejando a niños y niñas en condiciones que ponen en riesgo su salud e integridad física.

A mayor precariedad y dificultad social más claridad respecto a la jerarquía de los derechos que regulan nuestra convivencia, primero el derecho a la propiedad y luego ya si eso todo lo demás.

Así, pese a que en la Cañada Real muchas de las viviendas fueron cedidas, y la administración miró para otro lado en muchas ocasiones, (principalmente porque nunca estuvo dispuesta a ofrecer una alternativa habitacional en condiciones), el contrato legal sigue enarbolándose como única puerta válida a los derechos sociales.

Como si un contrato se pudiera firmar solo de una parte. Un contrato trampa que la Comunidad de Madrid, propietaria mayoritaria de los terrenos, no está dispuesta a realizar y que las empresas que comercian con las necesidades básicas exigen.

Y así, mareando con promesas y pasándose la pelota entre administraciones, aumentando la presencia policial y elaborando relatos de criminalidad siempre con la droga a mano, han ido pasando los años sin que el paso de tiempo diera estabilidad y razón de existir a las personas que allí habitan. Le seguimos llamando asentamiento para que quede clara la temporalidad, aunque el abandono ya se pueda contar por décadas.

Y por supuesto esto sigue, incluso hace solo cuatro días, el consejero de injusticia Enrique López, esgrimió que el problema de la Cañada es un problema de delincuencia, y de marihuana.

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Pocas asociaciones han sido tan rentables para el poder como la asociación de pobreza y delincuencia. Como si lo uno quitara lo otro, como si las “delincuentes” no comieran ni pasaran frio, como si no tuvieran familia y necesidades. Como si la delincuencia no fuera también consecuencia de una legalidad criminal y de una mirada fabricada. Como si se pudiera castigar a todo un colectivo por las conductas de unos cuantos.

Hay una ética, incluso una moral, que impide considerar a familias que pasan frío en infraviviendas como delincuentes.

Da igual si tienen contrato de propiedad, da igual si les dejan o no empadronase, da igual si han ocupado, da igual. Hay -5 grados y 4000 personas no pueden estar sin luz. Si la empresa Naturgy pide contratos de propiedad o contratos de alquiler para suministrar electricidad, se le manda a paseo, y se activan políticas contundentes de protección social.

Tampoco vale que los políticos del rollo, los y las amables, aprovechen la ocasión para hablar de nacionalizar las eléctricas, de controlar el precio de la energía, para hacer un discurso ideológico que no calienta, y de alguna manera instrumentaliza el sufrimiento de la gente para hacer sus postulados políticos. Más filomenos.

En cualquier caso las emergencias precisan de poder ejecutivo, no tanto legislativo. Lo de hablar de cambiar las leyes cuando se ve que hacen daño vende, pero hay otros momentos para ello, fuera de foco, aunque sea más difícil usarlos políticamente.

No voy a ser yo el que critique propuestas de calado político, que vayan a las causas y a las estructuras, incluso acepto lo de la empresa pública como animal capitalista de compañía, pero como comenté hace ya unos meses en el post “el asistencialismo es un humanismo”, no es lícito solo responder con derechos formales a las necesidades reales.

O articulamos políticas eficientes para atender en tiempo y forma lo que la gente necesita o estamos colaborando con el juego de poder, que elimina en la primera ronda las variables que no le son beneficiosas.

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Es una cuestión de derechos y también es una cuestión de dignidad y cuidados.

Estos días hemos visto cómo la gente se ha organizado para dar respuestas saludables al caos provocado, ahora sí, por la Filomena. Cómo las vecinas han echado sal y quitado nieve, cómo han apoyado traslados a hospitales de trabajadoras y pacientes, incluso cómo se han articulado maneras comprometidas y creativas de atender a mujeres en partos y nacimientos que no podían contar con asistencia hospitalaria.

Y muchas otras cosas más invisibles, apoyo mutuo en los cuidados, en los suministros, en la soledad. Lo comunitario ejerciendo de servicio público sin más apoyos que la voluntad de la gente y la solidaridad colectiva.

Y sin embargo, lo otro público, lo que pagamos con los impuestos, en muchos casos congelado. Y no precisamente por culpa de la ola de frío.

¿Realmente tenemos que aceptar que entre todos y todas mantenemos un Estado que no tiene la capacidad ejecutiva de dar luz y calefacción a un barrio de 4000 personas? ¿Tenemos que dar por bueno un gobierno que, incluso en manos de supuestos socialistas, no tiene capacidad de sustraer del mercado un bien básico para la supervivencia de la gente?

Ahora que tenemos reciente un capítulo intenso de la sociedad espectáculo de Norteamérica, me viene la imagen de esos botones rojos nucleares. Un par de llaves sincronizadas valían para salvar el mundo o para llevarnos al apocalipsis y a la autodestrucción. Esos botones rojos como simplificación de toda acción política ejecutiva, que aparecía en los guiones de las pelis para promover un sentimiento de agradecimiento a la cultura tirana, por regalarnos la vida.

Pues resulta que los botones rojos existen, se aprietan y se consigue, en un par de días, cambiar la Constitución, decretar un Estado de Alarma, abrir y cerrar miles de colegios, hacer un hospital de campaña, poner policía en las rotondas de cientos de pueblos confinados o precintar miles de parques infantiles.

Pero parece que nuestros botones rojos son de saldo, o son más bien azules, y como que no terminan de funcionar.

Ya hemos crecido y aceptado que pretender cambiar el mundo con la política institucional es una ingenuidad fuera de la realidad. Los reyes son los padres y pedir un juguete que funcione, que al activarlo quite las concertinas de la frontera, o dé papeles a quien los necesita, o tener dispositivo ajustado que sirva para emancipar las políticas de cuidado del mercado laboral, es pura fantasía.

Pero que ni siquiera valga para asegurar el suministro eléctrico a unas pocas personas es de un cutre excesivo.

Nos conduce a eso que llaman desafección y nos deja en un lugar complejo de habitar.

Las dinámicas de auto-organización llegan hasta donde llegan y la empatía humana nos lleva más allá. Hacemos causa común con realidades ajenas pero con una capacidad de acción limitada que muchas veces empieza y acaba en la denuncia. Este sistema lo participamos y lo sufragamos todos y todas, por lo que sería bonito que en algún momento se dejara usar para el bien común.

Sin embargo, conforme más cultivamos la empatía y más practicamos la solidaridad, más sentimos que nos alejamos de la colaboración en sinergias sociales con la administración.

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Lejos de fraguar una alianza efectiva con los servicios públicos en las dificultades y las emergencias, el desarrollo comunitario nos lleva más bien al antagonismo, por experimentar que los que tendrían que ser aliados, solo hacen que poner más piedras en el camino y zancadillear cualquier proceso de autonomía hacia el bienestar.

Que el nuevo capítulo del relato de la Cañada Real sea la propuesta de meter a las familias en una fábrica de muebles abandonada, con 600 camas y unas cuantas estufas, o que los mismos que no dan luz, regalen unas cuantas bombonas de butano para calentar la mala conciencia y la posible pérdida reputacional, es un insulto.

O por otro lado, pedir que el ejército actúe, por mucho que se llame UME, como si todas las moscas se pudieran matar a cañonazos.

La gente tiene vida y la mayoría, mejor o peor, casa. Habitan su momento y necesitan luz para seguir con esa vida, la que están acostumbradas a sostener. No es tan complicado de entender.

Dar lo que no se pide para justificar una posición inmovilista desde el plano político es una tomadura de pelo y por supuesto, no tiene nada de iniciativa social.

Es aún peor que no hacer nada, porque lo poco que se da, y puede que se acepte por la más absoluta precariedad, responde a un objetivo muy diferente de cubrir la necesidad sufrida. Solo pretende apuntalar el sistema miserable que se perpetúa en su proyecto de desigualdad.

No ayuden si no quieren, pero tampoco quieran convencernos de que estamos en un estado social que funciona cuando éste falla cada vez que se presenta una borrasca.

Y falla tanto con las borrascas del cielo como con las borrascas de la oligarquía, lo que es más grave, porque para éstas últimas no tenemos paraguas, solo derechos que distan mucho de ser impermeables.


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