La crisis de los 13 y el entusiasmo

    El otro día me sorprendía un artículo bastante viral que analizaba la pérdida de entusiasmo que se percibe en la escuela hacia el comienzo de la secundaria. (“ La crisis de los 13 años: los alumnos pierden masivamente el entusiasmo por la escuela en la ESO ” EL PAÍS. 13.06.2021) El texto da algunas claves intrínsecas al sistema educativo, como que la crisis tiene una causa en las deficiencias en lectoescritura de los niños y niñas en 3 y 4 de primaria, herramienta que carecen y que luego precisan para el disfrute y avance académico, o que los desatinos de la escolarización se van acumulando, y ya a los 13 años son losa, o la desconexión de la realidad educativa con la vida real del alumnado, de sus intereses y de sus situaciones socioeconómicas. La lectura del artículo me llevó a la conclusión de que toda ocasión es buena para repensar el sistema educativo, pero que ¡cuánto difícil es trascenderlo! Lo que más llama la atención es el uso reiterativo de la palabra entusiasmo.

El dinero gratis y la izquierda cobarde.

 

¿Por qué cuesta tanto dar dinero a la gente?

Estamos huérfanas de políticas redistributivas de la riqueza que nos cuiden individualmente y colectivamente, que pongan dinero en lo que percibimos como importante y nos defiendan de mercadeo capitalista.

Lo “dinero gratis” (nombre tomado de un colectivo/campaña maravillosa de 2001 en Cataluña, en el enlace se pueden consultar sus fabulosos textos) puede parecer utópico y contradictorio, pero no lo es.

Por un lado hay mucho dinero gratis que disfrutan los privilegiados de siempre, y por otro lado, cada euro que llega a una persona precaria nunca es gratis, aunque debiera serlo, porque con la aportación de trabajo reproductivo que se hace para sobrevivir y cuidar sin dinero, siempre habría una deuda pendiente a devolver si la economía fuera justa.

La derecha neoliberal se gasta la pasta en generar cebos, en comederos para los buitres de la inversión, dejando en manos privadas la remota posibilidad de que en algún momento las ganancias de las empresas puedan repercutir en la mejora de la vida de la gente.

Ya sabemos que no, la explotación produce desigualdad y viceversa. En este modelo lo único que se socializa son las pérdidas, solicitando dinero gratis para seguir siendo competitivos en la esquilmación capitalista.

Pese a esto, la políticas públicas que regalan suelos, marcos impositivos favorables y precariedad laboral siguen en boga...Siempre hay unos cuantos que las alaban por los posibles puestos de trabajo que se crean y por el supuesto aumento de la riqueza que se genera. Y no solo desde la derecha política…

¿Pero dónde está esa riqueza? ¿Cómo se llega a la gente? ¿Cuánto trabajo hay no retribuido que se queda fuera de los mecanismos de la economía formal? ¿Cómo se cobra todo lo que se genera fuera del empleo?

El dinero siempre fuera de los bolsillos de la gente. O salario, o contraprestación en forma de pensión, subsidio o permiso, pero nunca dinero por derechos.

Por lo contrario, todas las políticas de estímulo económico siempre se hacen con recursos públicos, al bolsillo de las corporaciones sí que llega el dinero: incentivos pagados con los impuestos y retraído de los “gastos sociales”, porque claro, lo social siempre es un gasto, pero lo demás es inversión.

Nadie en su sano juicio compra la quimera del pleno empleo, pero las políticas sociales siguen fundamentándose en esta fantasía, hipotecando cualquier ayuda económica a la participación en el mercado laboral, pese a ser este excluyente, y pese a que las necesidades están vigentes también cuando no hay empleo…

Y las alternativas a esto que se esbozan desde la izquierda, inefectivas, cuando no cómplices con éstas lógicas. Un “más de lo mismo” con cierta sensibilidad y pudor social, pero igualmente al servicio de las dinámicas que privilegian lo productivo frente a lo reproductivo, y que dejan a la gente desamparada con sus necesidades vitales.

Se hace bandera de la igualdad, del reparto, se reivindica el papel modulador del Estado como garante de un bienestar. Se sigue cultivando el imaginario de que el Estado es un ente fuerte con capacidad de cobrarse la deuda, lo que se le debe por llevar tantos años ya, siglos, haciéndole la ola al capital privado.

Sabemos que esto no es, ni va a ser, así, que poco control al capital se puede ejercer desde la institución pública, pero la izquierda no está dispuesta a perder su espacio en el debate político, y frente a un mercado voraz autodeterminado, reivindican el Estado, supuestamente social, pero al que los poderes fácticos le marcan la agenda.

Mercado o Estado, pero nunca las necesidades directas de la gente como motor social de progreso y crecimiento.

Y este Estado podría, debiera, ser valiente, y erigirse como garante de derechos, valdría simplemente que hiciera de barrera de separación entre los bienes de mercado y derechos sociales. Pero no, la experiencia nos muestra cotidianamente lo contrario. (Por ejemplo, tal y como se manifestaron hace pocas semanas con respecto a la vivienda desde el Gobierno)

De manera contraria, el Estado y sus políticos, para ocultar su incapacidad y a la vez reivindicar su espacio, se dedican a generar unas estructuras de mediación que transforman derechos en servicios mercantilizables, a modo de un entramado público colaborador con el sistema.

Se impulsa desde la izquierda, en nombre de las políticas públicas y sociales, la creación de estructuras, más o menos empresariales, de nuevo hipotecadas en la cultura del empleo, que certifican el marco establecido, ratifican que hay que pedir permiso ya no solo para “ganarse la vida”, sino también para cuidarla y mantenerla, subordinando los derechos a la gestión que de los mismos que se haga desde el poder.

De esta manera se crean empresas públicas que promueven una dinámica de consumo de los derechos en forma de servicios públicos, o viceversa, que la única forma de que se respeten los derechos sociales sea consumiendo servicios y participando de marco fabricado.

Esta estructura clientelar es especialmente grave cuando estos servicios tienen que atender necesidades básicas, de forma que las necesidades de la gente se tienen que ir adaptado a la oferta para poder ser satisfechas.

En una dinámica de acomodación a las propuestas políticas, teóricamente sociales, pero que en la mayoría de los casos también tienen otros intereses: Siempre cosechar votos, y en muchos casos además, pagar deudas a lobbies y a grupos de poder que participan de forma generalizada en las propuestas estatales.

Y sí, puede haber propuestas que precisen necesariamente una intermediación técnica, y en este caso, mejor pública que privada. La construcción de las infraestructuras, la organización de un sistema sanitario especializado, una banca pública, ojalá, la administración de la justicia, etc. Pero hay otras muchas cosas que la burocratización y la intermediación del Estado las devalúa, las deteriora y las hace más precarias.

Hay una falta de confianza fabricada en el saber popular, en la capacidad de la gente de dar respuestas eficientes, eficaces y pro-sociales a sus propias necesidades.

Incluso en los contextos de pobreza, marginación y vulneración de derechos, en los que el mercado entra de manera precaria solo con explotación y en contraposición las dinámicas comunitarias, se promueven políticas de asistencia social pedagogizadas y basadas en las contraprestaciones. Ni en los derechos ni en las necesidades.

Como contaba en el artículo de “el asistencialismo es un humanismo”, antes se crea una industria con la pobreza que dé trabajo a educadores y trabajadores sociales, que reconocer el valor social y económico de las estrategias de supervivencia.

Parece que la izquierda cobarde ha comprado el discurso de la derecha de que la gente se mueve solo por el interés individualista, en la competición y fuera de marcos solidarios y responsables.

Pero es mentira. En estos 40 años de democracia ha sido la comunidad la única que ha dado respuestas efectivas a las necesidades. Mientras empresarios y políticos se subían a un tren de progreso, a un desarrollismo devastador y capitalista, la gente seguía cuidando y sosteniendo lo reproductivo, posibilitado que otros se enriquecieran vendiendo modernidad sin preocuparse de nada más que su interés.

Y no era solo una cuestión de prioridades, sino también había, y hay, un abuso de confianza en que los procesos de feminización e incondicionalidad en el amparo de la vida estaban bien consolidados, y los que trabajos de cuidados se iban a seguir haciendo gratis.

Porque el amor, la responsabilidad y el apoyo mutuo, no se tienen que monetarizar porque ya vienen en el pack de la explotación aceptada por la alianza histórica entre el capitalismo y el patriarcado.

Pues bien, parece que con la inestimable ayuda del feminismo, ha llegado el momento de que el vagón del Estado del bienestar alcance la estación de los cuidados.

Se empieza a hablar de conciliación y de sostenimiento de la vida. De corresponsabilidad (entre hombres y mujeres, entre lo público y lo privado, entre las personas y el Estado) y también de “Bolsa de cuidados profesionales”….

El desarrollo del mercado laboral, y la inclusión de mujeres y madres, no ha significado que se aumenten de manera generalizada los salarios, de forma que sea viable que todas las personas que tienen que cuidar puedan funcionar como empresarias de otras muchas que se ofrecen para ello, en una oferta y demanda privada.

Hay que dar una respuesta política a la cuestión haciendo una intermediación entre la precariedad de los sueldos femeninos y la expectativa de cuidados también femenina, para que sea sostenible tanto la explotación productiva como la reproductiva, ambas necesarias para el funcionamiento del sistema.

Y lo que pudiera significar una oportunidad para avanzar en igualdad y derechos, se está de nuevo configurando como una amenaza, por la inexistencia de políticas valientes y comprometidas con la vida.

La comunidad lleva dando respuesta desde siempre al cuidado. Incluso en desde que se instauró que la única manera de sobrevivir era participando en el mercado laboral. Aun con estas condiciones, mucho antes de que se hablara de políticas de conciliación, las personas, las mujeres, conciliaban. No se podía renunciar ni como madres ni como hijas al sentir común de cuidar a las personas con las que se comparte la vida.

Obviamente, esto se ha hecho y se hace con unos niveles de invisibilización, explotación y desvalorización criminales y denunciables, pero no quita que haya que reconocer y valorar que estamos aquí gracias a ese compromiso social y a esa experiencia comunitaria.

Pues ahora que parece que, por fin, este tema no puede ser residual y entra en la agenda pública, en vez de abordar directamente la mejora de las condiciones materiales en las que se han estado desarrollando estos trabajos reproductivos, y el cuidado de las personas que los han ejercido, de nuevo, se plantea una mediación de Estado que de devalúa la experiencia comunitaria acontecida, y que sitúa la cuestión en el marco establecido de servicio público/ externalización capitalista.

Frente a las propuestas que hay encima de la mesa como el “plan corresponsables” o “la bolsa de cuidados profesionales, se debería analizar cómo lo social ya lleva dando respuesta a lo reproductivo, validando la experiencia y viendo cómo hacer para sacarlo de la explotación, promoviendo una responsabilidad social acabe con la feminización y a la vez reconociendo el derecho a ser cuidar y ser cuidado.

Y esto solo pasa por dar dinero directamente a la gente que cuida. Ayudas directas, sin cuento, sin contraprestación, en confianza.

Entender que el territorio de los cuidados es productivo, aunque la riqueza que produce no sea directamente monetaria, y que tiene es un valor social incuestionable, es fundamental.

Y por tanto invertir en que las personas tengan autonomía frente al mercado laboral y puedan distraer tiempo para lo importante, para cuidar y cuidarse, sirve para promover un desarrollo comunitario saludable.

Ya que parece que la renta básica de los iguales (que sería una propuesta más global y de calado) se retrasa, al menos se podrían financiar directamente las actividades que han demostrado su utilidad social y su valor económico.

Pues nada apunta en esa dirección.

La izquierda cobarde, en tiempos de pandemia, está dando pasos significativos en aportación directa de recursos monetarios, pero siempre refugiada en dinámicas de economía formal, sin romper con la ortodoxia capitalista.

Hoy se ha aprobado en el consejo de ministros 7000 millones de euros en ayudas directas a autónomos y pymes. No seré yo quien lo critique, pero de nuevo ponemos recursos públicos al servicio de la economía productiva y capitalista, subordinando siempre la satisfacción de las necesidades de la gente a la intermediación del sistema económico establecido.

¿Por qué no cambiar el paradigma? ¿Por qué no ayudas directas a las personas que están dedicando tiempo y energías al trabajo reproductivo?

Es por la desconfianza en la autogestión de la vida y por la promoción de la externalización de los cuidados como manera de garantizar la mediación y consolidación del sistema.

Por supuesto que se necesitan servicios públicos que apoyen las necesidades de cuidado de la comunidad, pero nunca se debe perder la visión de qué es lo importante. 

Quién cuida a quién, si el mercado a las personas o viceversa, porque ponemos nuestras necesidades para que el capitalismo siga aumentando mercado y riqueza, y nos devuelve cada vez más explotación, además de más precariedad, económica y afectiva.

De la explotación productiva a la explotación reproductiva ratificada por las políticas de izquierda.

Y con mucho celo en nutrir con recursos lo reproductivo, y pueda darse que mujeres, e incluso algunos hombres (ojalá cada vez más), decidan que no les compensa la precariedad frente a lo que dejan en casa, y se promueva una repoblación contra-cultural del territorio de los cuidados.

Se entiende que la derecha histórica y la neoliberal confíen en el mercado como motor de progreso social, pero que la izquierda también dé la espalda a la gente y mine su capacidad de autogestión de las necesidades para un desarrollo comunitario en el bienestar, es desesperanzador.

Los derechos se tienen que sustentar en políticas claras, de redistribución de los recursos que entre todas generamos, y no instrumentalizarlos para promover un mercado subvencionado que nos devuelva nuestra precariedad envuelta en un producto de consumo.

 


"La crítica del trabajo ha sido siempre el eje esencial de toda política que se quisiera subversiva. La crítica se hacía siempre desde algún lugar: otra forma de organización social, una vida otra... Ahora el lugar nos ha abandonado. De hecho, muchos nos han abandonado. Sólo la esperanza deseaba permanecer junto a nosotros. La tuvimos que matar. Entonces nos sentimos más ligeros y pudimos emprender el vuelo. Vuelo directo hacia un horizonte de agua. Y un horizonte de fuego. Fuego y agua para destruir este mundo. Efectivamente este mundo sólo merece ser destruido para que pueda vivir mi querer vivir que es nuestro querer vivir." Extracto del manifiesto de Dinero Gratis

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