El mecanismo de la derivación como un modo perverso de funcionamiento de los servicios públicos en la atención a la complejidad social.
Llevo un tiempo dialogando con distintas profesionales de los servicios públicos que tienen una marcada sensibilidad social y un posicionamiento político decente. Son personas que, desde el ámbito sanitario o desde el ámbito educativo, se dan cuenta de que la realidad desborda por todos los costados su misión. Desde sus lugares, con el poco margen de maniobra que se permite en el contexto institucional, poco pueden hacer. Son testigos del malestar y relatoras del daño, pero a la hora de hacer: poco.
Las ganas y el compromiso muy pronto se transforman en impotencia, la impotencia en desánimo y el desánimo en el abandono de la vocación de servicio.
En las escuelas e institutos, más allá de la precariedad y de las justas reivindicaciones de la comunidad educativa y del cuerpo docente –todo mi apoyo aquí a la histórica huelga en educación que está aconteciendo en la Comunidad Valenciana-, poco se puede hacer para atender, en la inmediatez, las manifestaciones de los problemas sociales que interfieren en los procesos educativos.
Criaturas que viven la pobreza económica en casa y que tienen dificultades para llevar un bocata al cole; niños y niñas que crecen en la inestabilidad de no tener, ya no un espacio para estudiar, ni siquiera un techo seguro donde vivir; alumnos que tienen que hacer las tareas escolares entre los gritos de sus familiares -que ya no se aguantan pero que no tienen más alternativa de convivencia-. También hijos e hijas de personas migrantes, vulnerables con o sin certificado, que encarnan las dificultades de la aceptación de sus familias en las estructuras racistas que nos definen.
Todas y cada una de estas circunstancias cada vez son menos excepcionales, todo lo contrario: Son el día a día de una institución educativa, de un servicio público, que sigue respondiendo a los retos presentes con asignaturas, horarios, regímenes disciplinarios, barracones, exámenes, etc.
Una propuesta que la chavalería aprende a aprovechar y desde ahí, quizá, protagonizar algún proceso de promoción social, pero pocas… Otros muchos se quedan fuera de juego, en un diálogo roto por la gran distancia que hay entre el lugar de la vida que habitan diariamente y el mundo que se representa en los libros de texto.
En los centros de salud y en los hospitales pasa algo parecido.
Cuántas médicas y enfermeros saben que la obesidad pasa porque los cruasanes hidrogenados y los nachos con glutamato son mucho más baratos que los aguacates o la fruta fresca. Saben que por mucho que receten medicamentos, o incluso hábitos saludables, se van a dar de bruces contra un determinismo social que hace que, hoy por hoy, la supervivencia sea antagónica a la salud: Enfermedades de pobreza que van en aumento, como la sarna. Las infecciones respiratorias o los trastornos de sueño también tienen una relación directa con las condiciones de habitabilidad de los hogares y las capacidades económicas para mantener una higiene y salubridad mínima.
Y la patología mental asociada al malestar: la ansiedad y depresión encarnada por no poder hacer viable el proyecto vital que termina aceptándose más con psicofármacos que con derechos sociales.
Al igual que pasa en el ámbito educativo, lo que pudiera ser excepcional, ahora es general: la mayoría de las dolencias tienen una base social y muchas de ellas se relacionan directamente con los procesos de empobrecimiento.
Y lo preocupante es que las respuestas que se están dando en ambos ámbitos son muy poco efectivas, es imposible poder atender (o contener) todo el malestar social que impregna la cotidianidad de cualquier servicio público. Además, lo que se hace, en muchos casos, es contraproducente y colabora con las estructuras de la desigualdad.
Hay personas que, ya sea por falta de empatía o por pura supervivencia, deciden dar la espalda a la dimensión social de lo que atienden y se centran en hacer mejor o peor su trabajo, asimilando el marco de la institución. Responden con recetas de ibuprofenos o con listas de verbos irregulares de inglés a lo que cada día se le presenta en la consulta y en aula. En el mejor de los casos, problematizando el desajuste en clave política y reivindicativa, y en el peor, culpabilizando a las personas atendidas en su servicio público por no ser capaces de ocupar una posición que haga de las acciones profesionales algo efectivo y sustancioso.
Hay otras -mucho mejor-, que intentan compensar con su propia calidad humana (y con su salud) la falta de calidad institucional. Se desviven con sus pacientes o con sus alumnos intentando no perder el rastro de la dignidad y de su vocación profesional, aún a sabiendas que en la mayoría de los casos su posición responde más a una intención que a una capacidad real de transformar las situaciones que atienden. Pese a ello merece la pena, porque la alternativa es el abandono.
En cualquier caso, lo que estará en juego es la empatía y la salud mental de los y las profesionales, su capacidad de hacerse cargo de manera individual de un malestar general y de enfrentar todo lo que queda fuera del sueldo, pero no se disputa la posibilidad de transformación de las condiciones materiales y de las situaciones de privilegio que definen la desigualdad social.
En ese contexto de saturación aparece la llamada a los servicios sociales, para atender la necesidad de aligerar la carga, y se construye la fantasía del trabajo multidisciplinar como una forma de dibujar una puerta de salida a la impotencia.
Se construye la idea de que existe un lugar que está definido y preparado para dar respuesta directa al malestar social y que solo queda usarlo en base a un modelo protocolizado de trabajo en red, lo que permite cultivar el imaginario de “yo puedo dedicarme a lo mío” porque otras estarán atendiendo lo que se me escapa y me desborda.
Esta proyección se extiende más allá de los servicios sociales, llega también al llamado tercer sector –la privatización de lo social es mucho mayor y está mucho más consolidada que en educación o sanidad-, y vuelve a los servicios sociales, a los municipales o a los especializados, y luego, de nuevo, a educación o sanidad, y otra vez al tercer sector y así sucesivamente hasta conformar, más que una red, una maraña que nunca se acaba de desliar.
Para poder recorrer y participar de ese mundo fantástico aparece la tecla mágica de la “derivación”. Tecla que es mágica porque es infinita e inagotable: siempre hay alguien a quién derivar un “caso”. La cadena puede nunca acabar y parece tener siempre sentido cuando se usa, aunque no provoque ningún resultado tangible. Con cada llamada de teléfono y con cada “click” se da sentido a un puesto de trabajo y se colabora con la fantasía de que tenemos un sistema completo y engrasado.
Se institucionaliza una manera de proceder de “no hacer nada”, nada que ayude de forma directa a aliviar la problemática social de las personas que se atienden, y que, a la vez, abunda en la percepción de los y las profesionales de que existe un estado de bienestar vertebrado en base a notificaciones y protocolos. Se alimenta así la falacia de que sólo con formar parte del engranaje se está haciendo un trabajo social y se contribuye a la mejora del sistema y de la sociedad.
De esta manera, el mecanismo de la derivación sirve, en gran medida, para aliviar el malestar y la frustración de los y las profesionales al canalizar la sensación de impotencia, pero pocas veces implica que se dé una devolución que arroje luz sobre la efectividad de lo que (no) se hace.
Así, las personas derivadas pronto dejan de ser sujetos de atención- en base a un modelo formal de derechos subjetivos- a ser objetos de derivación.
Esto subvierte el modelo de los servicios públicos: dejan de ponerse al servicio de las necesidades de las personas para asumir el papel asignado en la cadena de derivaciones.
Su atención se termina concretando en los diferentes itinerarios (derivas) de promoción social que los “usuarios” han de cumplir, yendo de servicio en servicio -de eslabón en eslabón-, asistiendo a las múltiples citas programadas en un proceso que va perdiendo el rastro de las necesidades reales que, en un principio, motivaron la solicitud de ayuda.
Por si fuera poco, se invierte la carga de la culpa: si el proceso no llega a buen término, la responsabilidad también recae en las personas atendidas, por haber fallado en alguna cita o por haberse cansado de recorrer la yincana, apareciendo la dimensión fiscalizadora y punitiva de los servicios públicos que los define como mecanismo de control institucional.
Que el papel de los servicios públicos se desplace hacia el control no es una disfunción del sistema, es inherente a esta forma de proceder porque el mecanismo de la derivación precisa de unas condiciones antagónicas a la satisfacción de las demandas de las personas que necesitan ayuda.
Los y las profesionales han de registrar todo lo que no van a atender, van a escudriñar la vida sacando indicadores con el afán de que el otro/a, el siguiente, tenga toda la información necesaria para poder hacer lo que una no hace.
Valoraciones técnicas que concretan y definen en ítems los dramas de las personas a la espera de que un buen algoritmo, o una IA maja, lo organice todo dándoles una forma sintética y exportable –despojando el análisis de los matices de la vida y de los elementos subjetivos- para que, poco a poco, derivando y derivando se pueda cercar la realidad social.
Se recopila un montón de información que luego, en otro contexto, puede dibujar una versión de la realidad antagónica a lo que en principio se quería describir. Indicadores y valoraciones que no suelen caducar y que persiguen a las personas atendidas a lo largo del tiempo como si sus dificultades sociales concretas fueran crónicas o perennes y se pudieran sistematizar en etiquetas y categorías.
Por todo ello, la derivación como forma estandarizada de proceder, además de inefectiva, es muy problemática.
Lo problemático va más allá del hecho de reducir los procesos vitales llenos de sufrimiento y malestar a un compendio de indicadores, diagnósticos e informes. El gran problema es que no hay nadie al otro lado, nadie que se haga finalmente cargo de nada. La mayoría de los itinerarios de derivación que se inician en el sistema sanitario y en el sistema educativo acaban en el sindiós de los servicios sociales. Y ahí tocamos hueso, no hay dónde rascar.
La estructura pública y concertada de la atención social, tal y como se analizaba en el artículo “el tercer sector y la distopía de lo social”, está absolutamente desmantelada desde que traicionó su esencia comunitaria y fue parasitada por empresas de servicios especialistas en rentabilizar el malestar social.
Unos servicios sociales públicos reducidos a la gestión de las insuficientes ayudas y atrapados en sus propios procesos burocráticos, y unos servicios sociales privados definidos por las lógicas de las subvenciones y por las dinámicas clientelares con los financiadores. Públicos y privados extrayendo de la realidad social aquello que puede circular por la red como mercancía y, por supuesto, dejando a las personas con sus dificultades en segundo término, abandonadas, sin asistencia.
Si bien el resto de servicios públicos simultanean las funciones de control social con las de ser proveedores de servicios (curar y alertar, educar y alertar), cuando los casos llegan a los servicios sociales están ya tan deteriorados -por el tiempo y por el manoseo ineficaz de los dispositivos institucionales- que ya queda muy poco por hacer.
Cuando hablaba al principio del texto de la problemática social generalizada vinculada a los procesos de empobrecimiento (falta de vivienda, violencia en las dinámicas relacionales, pobreza infantil, explotación reproductiva, patología mental, etc.), se ve con claridad no son cosas que se resuelvan en cuatro entrevistas y rellenando un par de test.
La injusticia social, la desigualdad y la violencia asociada a las dinámicas de defensa del privilegio están absolutamente enraizadas en el modelo social vigente, del que los servicios públicos son una manifestación más.
Los servicios sociales no dan casas, los servicios sociales no dan trabajo, los servicios sociales no dan ayudas suficientes para financiar procesos de autonomía y promoción social. Los servicios sociales han perdido (si alguna vez lo tuvieron) todo el arraigo territorial como para incidir y poder modificar las condiciones materiales de los barrios y de los contextos sociales de la exclusión.
Por lo contrario están absolutamente atrapados en la lógica institucional.
Cuando las compañeras médicas reivindican una medicina social demandan más coordinación y presencia de los servicios sociales en los centros sanitarios. Cuando las compañeras maestras y profesoras quieren ir más allá del aula apelan también a la colaboración con los servicios sociales.
Unas y otras notifican su preocupación, su indignación y su análisis complejo, pero todo esto solo acaba en un expediente de servicios sociales que certifica el malestar, y como mucho disecciona la realidad para ver si hay algo que se pueda rescatar (aunque sea pagando el alto precio de romper familias como la única manera plausible de “proteger” a niños y niñas de la pobreza, de la enfermedad o de las dificultades parentales de sus padres y madres).
Se supone que son la última barrera de contención/atención institucional y, por tanto, los aliados del resto de servicios públicos para que éstos puedan tener una dimensión social explícita gracias al trabajo en red, pero al igual que en su significado matemático, en la mayoría de las ocasiones, utilizar el mecanismo de derivación es salirse por la tangente, escapar de la realidad social, dejarla de lado. Escupirla y, por tanto, dejar de atender y contener.
Cada vez que algún profesional deriva a otro, la posible solución se fuga un poco más de la realidad hasta llegar al punto de que la derivación se asoma al abismo mientras que las personas atendidas se despeñan por el precipicio.
Cielo y tierra: la excelencia profesional frente al drama social; la formalidad de las soluciones frente al abandono de las gentes con sus problemas.
Entiendo que cunda el desánimo. Los y las que trabajamos en los servicios sociales no tenemos muchos argumentos para contagiar optimismo. Es un desastre de verdad y sin paliativos, y por eso mismo no podemos dejar caer los brazos y rendirnos ante la evidencia.
La solución va a apuntar siempre a un cambio de paradigma en la atención social que la dirija hacia la solidaridad, la cooperación y el apoyo mutuo y no a la delegación y externalización de causas y consecuencias.
Un modelo que rompa con los procesos lineales y tangenciales que produce la derivación -que hace que las atenciones se alejen cada vez más del foco-, y por lo contrario, abrace un nuevo modelo más orgánico, redondo, que no se separe de la necesidad que se ha de atender; sumando apoyos, ganando potencia y nutriendo entre todas la situación social para que esta pueda evolucionar hacia una mejoría sin que las personas afectadas pierdan agencia y protagonismo en el proceso.
Y aunque dicho cambio parece lejano, se empieza a construir en lo inmediato, no colaborando con los mecanismos de delegación y dejación de responsabilidades y empezar, por responsabilidad, a hacerse cargo de lo que nos llega.
Siguiendo con la analogía matemática, lo contrario de derivar es integrar. La integración como una suma infinita de sentires, emociones y prácticas. Solo se podrá abrazar la complejidad y multiplicidad de la realidad social integrando, nunca derivando.
Frente al proceso lineal de alejarse de la necesidad aparece la posibilidad de sumar fuerzas sin desertar. Los profesionales y las profesionales podemos, debemos, fijar una posición de apoyo, de servicio, y reforzarla y ampliarla sumando más apoyos, pero sin trasladar afuera la responsabilidad.
Soy consciente de lo limitado que es el margen de actuación en la mayoría de las situaciones, pero el objetivo a alcanzar, si queremos colaborar en transformar la realidad el clave de bienestar social, va a pasar necesariamente por ampliar justo ese margen de actuación, por poder cada vez un poco más y un poco mejor, ganando en libertad y posibilidades, acumulando (contra)poder de manera que podamos hacer efectivo el mandato del servicio que nos convoca, atendiendo, mucho o poco, las necesidades sociales que se nos presentan, pero sin echar balones fuera.
No quiere decir esto que el trabajo psicosocial se haga en base a actuaciones heróicas de lobos y lobas solitarias, poderosas y autosuficientes. Todo lo contrario, la cooperación es algo consustancial a la acción comunitaria, pero para que esta cooperación sea efectiva se ha de sustentar en relaciones de confianza.
Y no hay confianza sin presencia ni encuentro. Para que alguien sea “confiable” ha de ocupar su espacio con honestidad y transparencia, permaneciendo en su lugar con la presencia necesaria para poder generar las alianzas sinceras que ayuden a vertebrar el cuerpo social en dinámicas de empatía y el apoyo mutuo.
Puede parecer que los afectos y las emociones son cosa de la vida privada, alejadas de una buena praxis profesional, pero, al igual que no nos desentendemos afectivamente cuando nuestro hijo, amiga o pareja nos pide ayuda -por mucho que la solución no esté en nuestras manos-, también el marco de la atención pública precisa de la presencia necesaria para transmitir que lo que ahí acontece es importante, que no se está pensando en lo siguiente.
Establecer relación y “afectación” con lo que a la otra le pasa es el principio de la alternativa.
Frente a los eslabones de la cadena que nos hace prisioneras del malestar social, emerge la posibilidad de una “cadena de cuidados” que suma, que integra, y que fluye en la medida de que “yo te cuido para que tú puedas cuidar”, y así, sucesivamente, hasta poner todos los recursos que tienen los y las profesionales al abasto de las personas que forman, junto a ellas, la comunidad, en una práctica responsable de apoyo mutuo técnico y humano.
Si queremos –necesitamos- unos servicios públicos que sean motor de los procesos de mejora y transformación del sistema social, su funcionamiento no debiera diferir mucho del funcionamiento de un eco-sistema autorregulado, en el que los vínculos y la responsabilidad con el todo definen la posición dinámica de cada uno de los elementos. Un ecosistema que sólo se mantiene organizado y vertebrado en base a la relación, la cooperación, la libertad y la responsabilidad de aquellos que lo conforman.
Por lo contrario, unos servicios públicos que funcionan como reinos de taifas que se pasan “mensajitos” y notificaciones los unos a los otros, reforzando cada uno de ellos su posición aislada e inmovilista, ni son servicios ni son públicos, y por tanto, se sufren mucho más que se disfrutan.
En este momento de movilizaciones e inestabilidad política, tengámoslo en cuenta a la hora de expresar las reivindicaciones y denuncias, ya que, en la mayoría de las ocasiones, estas no hacen más que reforzar las dinámicas corporativas y autorreferenciales que nos alejan a los y las profesionales de la realidad social y nos inhabilitan como sujetos de cambio.
No hay otro camino más allá de lo humano, y lo humano precisa más de un abrazo que nos lleve al encuentro con el daño, que una de patada que envíe lejos el sufrimiento, por mucho que nos creamos que el malestar, luego, es recogido y atendido por un gran profesional super-cualificado y acreditado.
No hay atajos más allá del aquí y ahora. Habitemos la alternativa. Vertebremos el cuerpo social con solidaridad y apoyo mutuo.

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