La crisis de los 13 y el entusiasmo

    El otro día me sorprendía un artículo bastante viral que analizaba la pérdida de entusiasmo que se percibe en la escuela hacia el comienzo de la secundaria. (“ La crisis de los 13 años: los alumnos pierden masivamente el entusiasmo por la escuela en la ESO ” EL PAÍS. 13.06.2021) El texto da algunas claves intrínsecas al sistema educativo, como que la crisis tiene una causa en las deficiencias en lectoescritura de los niños y niñas en 3 y 4 de primaria, herramienta que carecen y que luego precisan para el disfrute y avance académico, o que los desatinos de la escolarización se van acumulando, y ya a los 13 años son losa, o la desconexión de la realidad educativa con la vida real del alumnado, de sus intereses y de sus situaciones socioeconómicas. La lectura del artículo me llevó a la conclusión de que toda ocasión es buena para repensar el sistema educativo, pero que ¡cuánto difícil es trascenderlo! Lo que más llama la atención es el uso reiterativo de la palabra entusiasmo.

Adultocracia.

 


La adultocracia es el resultado del ejercicio del poder adulto. 

Es un autoritarismo que implica y aplica una violencia en la medida que consolida una opresión. Afianza una posición de privilegio a la vez que fabrica una situación de vulneración de derechos y desigualdad. 

Se aprovecha de las necesidades de cuidado que tienen las criaturas para instaurar un régimen de tiranía y sometimiento.

Es una estructura de maltrato a la infancia que se nutre de tres elementos fundamentales: Las políticas adultocéntricas, la exclusión social de la infancia y las personas adultas que ejecutan el poder otorgado por el sistema.

Damos por hecho el consenso adulto y lo renovamos en cada una de nuestras acciones. En el mundo adulto confrontamos, disputamos significados y significantes, pero siempre ratificamos el lugar del privilegio, e incluso si es preciso, instrumentalizamos a los niños y a las niñas para afianzar nuestras posiciones.

No todas las adultas son adultócratas, o al menos no todo el rato. Se puede rendir el poder, pero no es simplemente una cuestión de voluntad.

La mayoría de las personas adultas hemos sido niñas que hemos crecido en este contexto. La adultocracia ha operado en nosotras lo suficiente como para normalizar la violencia hacia la infancia. Nos hemos socializado con ella y la hemos naturalizado.

Somos su producto hasta el punto de haber perdido la noción de una infancia libre. Necesitamos una decolonización epistemológica, limpiar la mirada para tener alguna posibilidad de restaurar lo arrebatado.

Intentar desenmascarar la adultocracia nos ubica en un lugar incómodo, el de investigar cual ha sido la huella concreta que ha dejado en nuestras vidas. Quizá pedir cuentas, o más valiente aún, reconocernos en la herida.

La tentación de huir y habitar el privilegio siempre va a estar, recoger la recompensa por el itinerario recorrido, cumplir la expectativa social. La sociedad necesita que los privilegios se usen para mantener el orden establecido. 

Al igual que otros privilegios, solo se perciben desde la parte oprimida, las personas que los disfrutan sienten que les pertenecen, incluso forman parte de su propia identidad.

La disidencia no es evidente, habría que entrenarla, es una disidencia política y terapéutica, revolucionaria. Implica una deconstrucción a todos los niveles.

Inevitablemente otra manera de relación con la infancia nos llevaría a una organización social distinta. Nos trasformaría radicalmente.

Porque una persona adulta es una niña mayor que ha olvidado, y una adultócrata, una persona dañada que necesita la traición para dar sentido a su malestar.

La adultocracia despoja a la infancia de sus procesos de autorregulación, la reprime y la adultera hasta perder el rastro de lo que fue. Es un proceso de mutilación para la adaptación a un mundo precario hecho de nuestras heridas.

Un mundo en el que tenemos que ganarnos la vida porque alguien previamente nos ha forzado a dejarla de lado.

La disidencia hay que entrenarla, es una disidencia política y terapéutica, revolucionaria. Imprescindible.

Hay motivo.

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En un mundo organizado en dinámicas comunitarias de apoyo mutuo, la fragilidad y la interdependencia de los seres humanos significarían lo necesario para la vertebración social, el sustrato donde enraizar relaciones y vínculos entre las personas, para ir creciendo juntas en el cuidado y en el bienestar.

Por lo contrario, en una sociedad individualista y competitiva no ser autosuficiente es una debilidad. La dependencia pierde el prefijo “inter” para terminar encarnando dinámicas de subordinación atravesadas por un ejercicio de poder.

En el mejor de los casos se cubren las necesidades por un contrato social que perpetúa el lugar del privilegio de quien da frente a quien recibe. En el peor, hay abandono. En el caso de los niños y las niñas ese contrato es casi de propiedad, de la familia u otra institución de guarda, y por sí solo no garantiza su bienestar.

Están los derechos, pero el poder disfrutarlos depende del estatus social. El estatus de la infancia es precario, insuficiente. En el caso de los niños y las niñas sus derechos siempre precisan de una intermediación, o adultas o instituciones, que al participar del marco adultocéntrico consolida la situación de inferioridad.

Las necesidades de cuidado de los niños y niñas son evidentes y universales. Por ello una sociedad que se articula en base al respeto de sus derechos y al servicio de su bienestar tiende a estar cohesionada, a ser habitable y saludable para todas las personas.

Pero poner “los cuidados en el centro” pasa por poner en el centro las necesidades, y dar la relevancia social a las personas que “necesitan” de las demás para promover dinámicas centrípetas hacia sostener la vida. Si, como apuntan las políticas actuales, se pone el valor en quien asiste se consolidan las dinámicas de subordinación y se refuerza la jerarquía del modelo social.

Una sociedad que pone en su centro los procesos de realización personal, individuales, en el ejercicio de una ciudadanía mutilada que opera solo en lo productivo y en el espacio público, dejará a la infancia en desamparo, ubicándola en un lugar de vulnerabilidad.

Tenemos una dinámica centrífuga, de huida y de vacío. Hombres y mujeres, adultas, se fugan al espacio público porque es dónde, aunque de forma precaria, se garantiza la supervivencia, dejando desierto el hábitat natural de infancia.

Y para la supervivencia de las criaturas, no queda otra que migrarles también al espacio público, externalizar los cuidados.

Se crece así en marcos organizados al servicio de interés adulto y su conciliación. El abandono se compensa con rutina de fábrica y vigilancia, normalizando la precariedad afectiva y la carencia como paisaje del crecimiento.

O la otra, compensar al padre y a la madre ausente con el trabajo precario feminizado de una "cuidadora", sustituyendo el papel extinto de la familia extensa por jornales de a 8 euros la hora.

La dinámica de la externalización es esencialmente adultócrata. Se basa en que los niños y niñas acepten como natural la autoridad adulta. La obediencia. El portarse bien, para que los diferentes espacios construidos por las personas adultas sean efectivos, termina siendo lo más adaptativo.

Se pasa de la autoridad natural, fruto de la relación y del afecto, a la autoridad impuesta.

Los niños y niñas deben obediencia a los monitores de comedor, a las adultas del parque, al payaso de McDonald´s, a las extraescolares, a maestros y maestras, a canguros, etc. En algunos casos roles adultos que se ejercen con respeto y que poco a poco van ganando la confianza de las criaturas, pero otras muchas veces, son contactos fugaces que no dan para entablar relación. Sí para dejar claro quién manda.

Las dinámicas continuadas de relación sin vínculo, en la que los adultos y las adultas representan un rol de poder, profesional o no, al servicio de la institución o del marco establecido en protocolos y normativas, son frecuentes. No hay lugar para la interacción real con los niños y las niñas. Las adultas no pueden ir más allá de representar del poder otorgado.

La necesidad de obediencia, y por tanto la vigilancia, es consecuencia directa de la privación de afectos y la represión emocional a la que sometemos a la infancia al obligarles a crecer en espacios alejados de sus adultos de referencia. O en espacios en los se hace muy complicado vincular (por ratios, por disponibilidad adulta, por idas y venidas de sustitutos/as).

La discontinuidad de la presencia se sustituye por la continuidad de la exigencia.

Hay una precariedad, una superficialidad estructural, los adultos ponemos las normas y las expectativas, y las criaturas el comportamiento. El juicio es constante.

El amor y la confianza se sustituyen por una pedagogización conductual, por la necesidad permanente de hacer méritos para la aceptación. Se crece en una precariedad que puede devenir en maltrato cuando no se dan las condiciones para que el niño o la niña responda como se le espera.

Si no hay refuerzo, hay castigo, y ambas cosas radican en la lectura adulta de la situación.

Por supuesto tenemos niveles, no es lo mismo una escuela que una cárcel de menores, una casa llena de personas o llena de pantallas, no es lo mismo tener cuerpos disponibles para el abrazo que instrucciones educativas que definan por sí mismas los límites.

En cualquier caso la estructura adultócrata es la que es, y la precariedad es objetiva. Puede haber más o menos travesías en el desierto, más o menos largas, pero estamos lejos de habitar la abundancia.

Se define una economía de la carencia en la que constantemente los niños y las niñas han de hacer méritos para acceder al beneplácito social, los logros son migajas. Sus necesidades quedan a expensas del reconocimiento adulto de las mismas, se precisa colaborar con la propia opresión para sobrevivir.

Y claro que hay queja, pero es consecuencia de la adultocracia que se vacíe de contenido político ese malestar, que si problemas de aprendizaje, que si problemas de adaptación, siempre abordados de a uno, en la individualización de la problemática social quizá más generalizable.

Que si el niño es muy “movido” o muy caprichoso/a. Hasta hay bebés buenos o malos en función de lo que dejan dormir…

Y la queja desatendida poco a poco va silenciándose hasta dar estatus de normalidad a la mutilación.

¿Faltan lo motivos acaso? ¿Es saludable que niños y niñas tengan que crecer con los horarios de la fábrica, a expensas de una conciliación adulta que ni siquiera es real porque cuidar no es una prioridad en el sistema social y siempre queda relegada a un segundo término? ¿Es saludable que se adapten a escuelas y extraescolares, a espacios de encierro y a una sociabilidad reducida en cohortes de edad y casi siempre con supervisión adulta? ¿Nos parece “normal” que solo les reservemos en las ciudades unos cuantos parques artificiales (y cerrados) en los que ni siquiera se pueden hacer daño? ¿No es casi tortura que pautemos sus biorritmos y que tengan que nacer, comer, dormir y jugar tal y como describen los libros de la pedagogía y pediatría adultocrática? "Casi tortura"... ¿La tortura tiene grados?

¿Cuánto hay de visión adulta en la propia noción que tenemos de violencia para que todo esto ni siquiera nos interpele? ¿En qué lugar queda la infancia y su malestar?

¿Qué voz es la que suena en las expresiones “por tu propio bien” o en “es un mal menor” o “son cosas de niños”? Es la voz la voz de la usurpación.

Hay motivo para la alama. La huella es profunda, hasta la complicidad. 

Una complicidad involuntaria, incluso inconsciente, de tantas personas adultas es la certificación de la derrota. Deprime solo pensarlo.

Más todavía si tomamos conciencia de que todos y todas somos producto de esto. Muchas de las dificultades que nos encontramos cotidianamente en la relación con otras personas, en la expresión de nuestras necesidades y deseos, son consecuencia de una socialización precaria, reprimida y vigilada.

No sé cuánto podemos llegar a reparar, la profundidad de la herida, pero en todo caso es de responsabilidad social y política no seguir colaborando con la opresión y abandonar el lugar de privilegio que nos legitima a seguir ejerciendo esa violencia invisible y silenciosa que imposibilita un futuro de bienestar para todas.

Entiendo que hay que pasar a la acción. Mientras que los niños y niñas no tengan el valor social que se merecen y puedan ellos y ellas, en su participación cotidiana, ir transformando las estructuras que les niegan, no queda otra que integrar esta dimensión política en el resto de luchas de emancipación. O al menos, si se es escrupuloso/a con cualquier tipo de paternalismo, limpiar de adultocentrismo las batallas en las que estamos.

Obviamente la realidad de la opresión es compleja y no admite un solo eje de análisis, la interseccionalidad de las luchas y de los malestares es un hecho. Pero no deja de ser sospechoso que sea ésta la dimensión que siempre falte en las propuestas emancipadoras de los movimientos “progresistas”.

En demasiadas ocasiones se ha confundido la lucha por la igualdad con la de participar en la lógica del amo, conquistas de derechos que han podido derivar en reparto de privilegios, y sí, posiblemente haya que socializar todo, también los privilegios, pero los niños y las niñas se suelen quedan fuera.

Es un deber ético y político reflexionar sobre todas y cada una de las reivindicaciones insignia de la izquierda antipatriarcal para visibilizar qué espacio definen, directa o indirectamente, para la infancia. En qué lugar les dejamos y qué consecuencias van a tener esas políticas en su cotidianidad.

¿Cuánto de la lógica adultocéntrica ha salido reforzada con las luchas emancipatorias del último siglo?

También es una derrota que tengamos que apelar a los derechos de los niños y niñas para protegerles del maltrato al que muchas veces se llega por la aplicación de políticas que no han sido evaluadas en clave de infancia. 

Es el propio desarrollo práctico de esos derechos (el derecho a la educación, la patria potestad y lo que se deriva de ella, la protección de “menores”, la prestaciones económicas y contraprestaciones por “hijo/a a cargo”, etc.) lo que genera un marco de vulnerabilidad al darse e implementarse desde una perspectiva adultocéntrica.

En nuestras sociedades se da la paradoja que la infancia, los niños y las niñas, son sujetos de derechos con “mayúsculas”. La Declaración de los Derechos del Niño (1959), el archinombrado “Interés superior del menor” (L.O.P.J.M 1996), o la reluciente ley en trámite de aprobación “Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia” (2021) definen un marco de protección que no parece que revierta la condición de inferioridad de la infancia respecto al mundo adulto.

Es fácil leer “niños y niñas (cuando no, menores) no acompañadas” sin hacer mención a sus proyectos migrantes, o “violencia vicaria” en situaciones de violencia machista sin atender las especificidades del sufrimiento de las criaturas, o justificar la separación de una madre y su bebé en base a una medida de protección. Y solo por solo sacar tres ejemplos de actualidad en los medios....Hay muchos más.

Y cuando se ponen en el centro de debate, en el foco, casi siempre es desde la victimización (simple, doble o triple…) promoviendo más lástima que justicia y consolidando la situación de vulnerabilidad.

Y es que la adultocracia supera al marco normativo, incluso lo impregna.

Como modelo cultural de bases patriarcales y capitalistas, siempre está presente, opera todo el rato.

Al igual que otras opresiones transversales como la de sexo-género, la de clase, o la racialización, precisa de un análisis propio para poder entender sus implicaciones sociales y visibilizar la violencia y el malestar que tantos niños y niñas viven cotidianamente en sociedades que presumen de ser democracias consolidadas.

La gestión del bienestar es adulta y el relato también.

Ya va siendo hora de cambiar esto, y mientras encontramos el cómo, al menos, dejémonos interpelar y atendamos nuestra relación con la infancia con respeto y consideración a lo que necesita y expresa, sin interpretaciones y sin intentar dejar dicha la última palabra en todas las conversaciones sociales que compartimos y nos atraviesan.

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No seas un “madero” (De la asociación antipatriarcal en defensa de l@s niñ@s)...

 

¡Niñ@ estate quiet@!

¡No te muevas!

¡No hagas eso!

¡Qué te sientes!

¡Qué comas!

¡Hasta que no te lo termines, no hay postre!

¡No toques ahí!

¡Quita de ahí!

¡A la cama!

¡A tu cuarto!

¡Déjame en paz!

¡No incordies!

¡Vete a jugar y no molestes!

¡Iros de aquí!

¡Fuera de aquí!

¡No os peleéis!

¡Deja a tu herman@!

¡No chilles!

¡Cállate!

¡Ya no te quiero!

¡Si sigues haciendo eso no te voy a querer!

¡O vienes ya o me voy y te quedas ahí¡

¡Qué guapa estás cuando lloras!

¡Estáis castigados!

¡A estudiar!

¡Si apruebas te compro la bici!

¡No te van a traer nada los Reyes!

¡No me levantes la mano!

¡Cómo tienes tu cuarto!

¡Tú tienes la culpa!

¡No te lo doy!

¡No llores!

¡Si sigues llorando de doy un guantazo!

¡Los hombres no lloran!

¡Qué inútil eres, hij@!

¡Si tú no entiendes!

¡No saltes en el sillón!

¡Deja de arrastrarte por el suelo!

¡No te manches!

¡Qué te vas a poner perdid@!

¡No juegues que te mojas!

¡Porque soy tu padre (o soy tu madre, etc.)!

¡Ven aquí!

¡Qué sinvergüenza!

¡Aquí mando yo!

¡¿A qué te doy?!

¡Sé valiente!

¡Se buen@!

¡Pórtate bien!

¡Eres más burr@ que un ‘arao’!

¡Das más qué hacer que un hij@ tont@!

¡Cuando yo hablo tú te callas!

¡Eres un/a tont@!

¡Eres un/a idiota!

¡Cómo he podido tener un/a hij@ tan tont@!

¡Cría cuervos y te sacaran los ojos!

¡No tienes vergüenza!

¡No te toques ahí! ¡No seas guarr@!

¡Mas valdría haber muerto al parirte!

¡Serás lo que yo diga!

¡Harás lo que yo mande!

¡Yo, que por ti renuncié a los mejores años de mi vida!

¡Yo, que me he pasado la vida trabajando para ti!

¡Yo, que he aguantado a tu padre por ti!

¡Si se entera tu padre!

¡Déjale que llore!

¡Es muy consentido!

¡Da las buenas noches!

¡Da las gracias!

¡Da un beso a tu abuelo!

¡Dale un beso a menganita!

¡A las 10 en casa!

¡¿Dónde has estado?!

¡¿Qué horas son estas de llegar?!

¡Qué pintas llevas!

¡Vas cómo un/a gitan@! [y además racista]

¡A ver si te cortas el pelo!

¡Vas haciendo el ridículo!

¡Ten el móvil y cállate!

¡Deja el móvil que te vas a quedar gilipollas¡

¡Te voy a poner un negativo!

¡Silencio!

¡Más tonto no se puede!

¿Es tu novio/a?

 

(…)

Comentarios

  1. Que los adultos manden sobre sus cachorros es algo que hacen todos los mamíferos, principalmente porque el desarrollo cerebral es mucho más lento que el del resto del cuerpo. Incluso los adolescentes, que son prácticamente adultos, están inundados por hormonas que hacen su comportamiento por momentos mucho menos racional que el de un adulto. Que los niños no son "adultos pequeños" se sabe desde el siglo XIX.

    Otra cosa es que la sociedad esté absorbida por un modo de vida poco sano donde los niños salen mal parados, pero eso no es adultocracia, es capitalismo.

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